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En Benín, el invasivo jacinto de agua se ha convertido en el «oro verde»

© Sébastien Roux

Ganvié, Sô-Ava, Porto-Novo, Dangbo (Benín), reportaje

En Benín, el jacinto de agua prolifera desde hace decenas de años y amenaza el estilo de vida de los lugareños del lago Nokoué. No obstante, algunos han descubierto las virtudes de esta planta invasiva, útil para la descontaminación, la producción de biogás o incluso la elaboración de un «compost mágico».

Para los pescadores que viven en Ganvié, la llamada «Venecia africana», el día empieza antes de que amanezca. A bordo de sus estilizadas y largas piragua de madera, recorren el lago Nokoué, situado al norte de Cotonú, la capital económica y la ciudad más importante de Benín, en busca de tilapias, alosas o siluros blancos, que más tarde las mujeres venderán en Tokpa, el mercado a cielo abierto más grande de África Occidental, por unos pocos francos CFA con los que satisfacer las necesidades de su casa construida sobre pilotes. Sin embargo, estación tras estación, la pesca y la navegación son cada vez más complicadas y su estilo de vida se ve amenazado por culpa del jacinto de agua, una planta acuática invasora originaria de América del Sur que se propagó accidentalmente durante el período colonial por muchas zonas tropicales. En la lengua fon, los benineses utilizan el término tôgblé («el país está podrido») cuando hablan de las consecuencias del jacinto de agua, responsable también del desarrollo de algunas enfermedades, como el paludismo, por el aflujo de mosquitos.

Sin embargo, en los últimos años algunos empresarios como Fohla Mouftaou, cofundador de la empresa Green Keeper Africa en 2014, aprovechan las asombrosas propiedades de esta planta para «transformar esta plaga en una oportunidad» y así conseguir que cambie la mentalidad: la palabra tôgblé es sustituida por la de tognon, el país ya no está podrido, sino que el país es «bueno». El jacinto de agua se utiliza como solución descontaminante para recuperar los vertidos de aceite de las industrias que fabrican cojines, almohadones o alfombras. Los restos de esta planta absorben una cantidad de hidrocarburo equivalente a 17 veces su peso, impidiendo así la propagación de un líquido contaminante en caso de fuga o como consecuencia de una marea negra.

Situado en el municipio de Sô-Ava, el almacén de Green Keeper Africa muestra un aspecto rústico con una construcción de madera y chapa donde el viento constantemente levanta polvo. En su interior, una decena de personas se ocupan de transformar los tallos del jacinto de agua después de haberlos dejado secar al sol. Florent Liaigre, responsable técnico de la zona de explotación, es el encargado de mantenimiento: «Nuestro planteamiento es ecológico y se inspira en la cultura maker y en el do it yourself para probar otras maneras de hacer y crear nuevas técnicas de producción. Se consiguen avances aun cuando estas no funcionen», explica este joven francés mientras nos enseña las diferentes máquinas de la planta. Una de ellas barre los tallos para convertirlos en polvo, mientras que otra los conserva para obtener fibras, un material más eficaz contra los líquidos pesados como el petróleo.

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«Todo nace del sol, donde la energía alcanza su grado máximo. Es nuestro banco más preciado»

Ganvié, conocida como la «Venecia africana». © Sébastien Roux

La otra fuerza de Green Keeper Africa reside en su relación con los habitantes de las ciudades lacustres que recolectan jacintos de agua: de la decena de recolectores con que contaba en 2014 ha pasado a 1.000-1.200 a comienzos de 2019 y el 85 % de ellos son mujeres. Entre diciembre y marzo, esta actividad estacional les proporciona mayor independencia económica y permite a la empresa acumular existencias para poder producir durante todo el año. Posteriormente, siguiendo una lógica de economía circular, Green Keeper Africa se encarga de reciclar sus productos una vez usados para transformar el combustible final en una fuente de energía.

Producir energía a través del reciclaje del jacinto de agua es el objetivo del sistema integrado Songhaï, un laboratorio de agricultura ecológica creado por Godfrey Nzamujo en 1985 al norte de Porto Novo, la capital administrativa de Benín. Este espacio verde de 22 hectáreas reúne a 326 empleados, así como a estudiantes que desean «producir más y mejor con menos» y «erradicar la pobreza en África». Los residuos orgánicos procedentes del ganado, de la piscicultura, de las cosechas y del jacinto de agua, se recuperan para producir biogás, una energía 100 % natural. Los residuos se colocan una o dos veces a la semana en cubas que se calientan para producir gas con destino al conjunto del centro, que cuenta con un restaurante y un hotel dedicados al ecoturismo. Las aguas residuales expulsadas tras el tratamiento, ricas en elementos nutritivos, son devueltas a las cosechas para abonar el suelo. El centro de Songhaï utiliza también el jacinto de agua para disipar los malos olores de los aseos públicos.

«Todo nace del sol, donde la energía alcanza su grado máximo. Es nuestro banco más preciado. Debemos observarlo e inspirarnos en él: este método llamado biomimetismo es una fuente de auténticas innovaciones», explica Godfrey Nzamujo, sacerdote dominicano de origen nigeriano que estudió microbiología y ciencias del desarrollo en California antes de instalarse en Benín y extender la red Songhaï a otras ciudades y países de la región de África subsahariana. « La formación es esencial para crear un movimiento de jóvenes africanos dispuestos a afrontar los retos ecológicos de este siglo. Songhaï ha formado a casi 6.000 agricultores actualmente instalados por su cuenta», afirma Godfrey Nzamujo tras recorrer como cada mañana los diferentes espacios del centro.

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«Acometer acciones concretas para dejar una herencia positiva a la comunidad»

Green Keeper Africa utiliza el jacinto de agua para la descontaminación. © Sébastien Roux

A pocos kilómetros al norte del centro de Songhaï, en el municipio de Dangbo, la ONG Jevev imparte desde 2010 formación gratuita a los lugareños relacionada con la economía verde y sostenible. A finales de enero de 2019 organizó el curso «ruta del jacinto de agua» de dos semanas de duración con un enfoque teórico durante los tres primeros días seguidos de clases prácticas para aprender a hacer el «compost mágico». Tras recoger varios kilos de jacintos de agua en las orillas del río Ouémé, los miembros de la ONG los trasladaban a uno de sus centros de experimentación.

Castello Zodo, formador especialista en producción vegetal y de semillas de la ONG, explica que hay que «poner los residuos vegetales más duros en el fondo para facilitar la descomposición y obtener un compost de mejor calidad». La decena de estudiantes superponen en una fosa que mide cerca de un metro, ramas de margosa, tallos de jacinto todavía empapados de agua y flores de neem (margosa), que luego tapan con ramas de palmera, colocando un trozo de madera en el centro del agujero para que el compost respire y poder observar mejor su evolución. Tras colocarlo dos veces en otras fosas para homogenizarlo, el «compost mágico» se convierte en un producto multiactivo que participa en el desarrollo sostenible de los terrenos. Chancelle Loumedjinon, una beninesa de 21 años, alumna del curso de medio ambiente, ingeniería y salud pública, ve en ello una manera de «preservar la naturaleza sin utilizar abonos químicos para ayudar a los pescadores a hacer frente al desarrollo del jacinto de agua». En opinión de Henri Totin, director ejecutivo de la ONG Jevev y joven consultor del Banco Mundial, estos cursos permiten «acometer acciones concretas para dejar una herencia positiva a la comunidad. El jacinto de agua es un oro verde que posee numerosas virtudes».

Sébastien Roux